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La Coctelera

S.E.T.I. Señales de Otras Civilizaciones

12 Septiembre 2012

EGIPTO Y LA BIBLIA

Tres culturas se desarrollaron en la antigüedad en el Cercano Oriente. Al oeste, en la fértil llanura del Nilo, la cultura egipcia; al este, en las zonas igualmente ricas del Eufrates y del Tigris, en forma sucesiva, la cultura mesopotámica, la babilónica y la persa; y en el altiplano de Canaán, la cultura hebrea.

En los murales o mosaicos del antiguo Egipto, los hombres representados se nos antojan extrañamente rígidos y dignos. Las altas y esbeltas figuras, de rostros regulares y lampiños, tienen algo de serio y mesurado, y así aparece ante nuestros ojos, la historia de los egipcios en los márgenes del Nilo: mesurada, digna y algo rígida.

Nada cierto sabemos de los comienzos de ese pueblo y de ese estado. Su historia propiamente dicha empieza para nosotros con el rey Menes que unificó y dominó a todo Egipto. Ello ocurrió aproximadamente en el año 3000 a.C., es decir, hace 5000 años. Después de Menes, que llevaba el título de Faraón, ocupa el trono una monarquía o dinastía tras otra. Se sucedieron unas treinta a.C. en forma casi ininterrumpida, hasta el año 525 a.C.

A mediados del tercer milenio, aproximadamente, en los tiem­pos de la cuarta y quinta dinastía, se produce el primer apogeo de la historia de Egipto. Ocuparon el trono los reyes Keops y Kefren, quienes mandaron levantar, en las riberas del Nilo, las magníficas estructuras de las pirámides. Son gigantescas tumbas en las cuales se depositaba a los muertos, acompañados de sus siervos y de valiosos tesoros, pues, de acuerdo con la creencia egipcia, el muerto continuaba viviendo con los elementos que lo acompaña­ban en el momento del entierro. De este modo, nació un extenso culto de los muertos, y los edificios más notables, fuera de los palacios reales y de los templos, son precisamente las tumbas.

En esa época, se adora al dios Ptah que aparece bajo la forma de un buey, y a Ra, dios del Sol. Hay muchos otros dioses, pero el mismo faraón es el buen dios a quien adora supueblo. Su poder es prácticamente ilimitado. A estos faraones, que en larga fila reinan sobre el pueblo esparcido junto al Nilo, se debe un invento notable: el empleado público.

En su origen, este invento tuvo buena razón de ser. El país se extendía desde Nubia hasta las fuentes del Nilo, en el interior de África. El rey necesitaba una casta de personas preparadas y responsables en quienes podía confiar: personas que repre­sentaran su poder en los lugares más alejados del reino. El buró­crata al principio sirvió a la corona, pero poco a poco se convirtió en su perdición. Los funcionarios, que en su comienzo administra­ban al país por mandato del rey, se inclinaron cada vez más a actuar por su cuenta propia. Finalmente terminaron por administrarse a sí mismos y llegaron a ser un pulpo que con multitud de tentáculos ahogaba al país y agotaba su energía. Se convirtieron en un fin en sí mismos, imponían los impuestos por su cuenta y consideraban hereditario su cargo. La condición de funcionario, institución origi­nalmente tan responsable y digna, realización típicamente egipcia, se convirtió en un sistema de explotación de la peor especie. Finalmente, los empleados que hacía mucho se consideraban prín­cipes, aspiraron a la corona. Los faraones de la undécima y parcial­mente también de la duodécima dinastía surgieron de esos príncipes territoriales. Esta era la situación en Egipto alrededor del año 1800a.C.

Entonces sucedió algo inesperado. Como un vendaval irrum­pían del este pueblos extraños, semejantes a la invasión de los hunos a Europa en la época de Atila. Venían de alguna comarca de Asia, eran guerreros armados con arco y flecha, montaban a caballo y llegaron con carros, y con sus familias y utensilios domésticos. Tomaron por sorpresa los dos fuertes fronterizos egipcios e inva­dieron el país. Eran hombres audaces y veloces como el rayo. Mataron a los hombres, violaron a las mujeres, incendiaron templos y palacios, robaron y saquearon, inundaron todo Egipto, y se convirtieron en gobernantes del milenario reino del Nilo. Eran los hicsos, los "señores de tierras extrañas".

Si bien su dominio comenzó con una terrible masacre, trajeron al país un valioso regalo: el caballo, desconocido en Egipto hasta ese momento. Los animales de trabajo, de silla y de carga eran el asno y el camello. El caballo conquistó rápidamente el corazón de los hombres de Asia Menor. El noble padrillo es un orgullo del árabe hasta nuestros días y en Arabia nunca se utilizó el caballo como animal de trabajo.

Los hicsos los usaban para mover sus carros de combate, guarnecidos de metal, carros que posteriormente causarían tantas dificultades al pueblo de Israel, cuando éste pretendió ocupar Canaán. Ellos determinaron el desenlace de la guerra.

Los hicsos usurparon el trono de los faraones y dominaron desde allí no sólo a Egipto, sino también a parte de Canaán hasta la Mesopotamia y de este modo prestaron otro servicio a Egipto. Durante un lapso que abarcó casi 1500 años, los egipcios vivieron en un orgulloso aislamiento, en una suerte de espléndida soledad, como si se hallaran detrás de una cortina de hierro. Esta cortina se rompió, y el país quedó abierto y comenzó un activo intercambio cultural con otros países civilizados del Eufrates y del Tigris.

Al cabo de 150 largos años terminó el dominio de los hicsos. Un príncipe territorial del alto Egipto los expulsó del país y devolvió Egipto a los egipcios. A partir de este momento comenzó un nuevo período de florecimiento, que culminó bajo Ramses II.

Egipto, que había sido un Estado de funcionarios, se convertía paulatinamente en un Estado militar que iba a la guerra, realizaba conquistas y extendía su dominio hacia el Este. Aunque parezca extraño, con el poder de los guerreros aumentó simultáneamente el poder de los sacerdotes. El Estado militar se convirtió en un Estado de sacerdotes: el Faraón Smedes, con quien se inició la dinastía vigésimo primera, es un antiguo sacerdote del dios del Sol Ra.

En ese punto, comenzó también la declinación de Egipto. Nubios, mercenarios y extranjeros ascendieron al trono. Y en el año 525 a.C., el rey persa Cambises acabó con el brillo y la magnificencia del reino egipcio. Terminaba así la historia de un pueblo que conservó a lo largo de 2500 años una unidad y cohesión únicas, con su poder militar, su importancia política y su extraordinaria cultura.

Según una tradición, durante el reinado de los hicsos llegaron los judíos a Egipto y tras haber terminado su reinado, dentro de poco, ellos también comenzaron a sufrir bajo el nuevo régimen, transformándose de extranjeros residentes en trabajadores forza­dos, o tal vez esclavos. Según una tradición no confirmada, durante el reinado de Ramses II o su hijo Mernefta fueron expulsados o abandonaron Egipto por su propia voluntad, para comenzar una nueva vida; en ese momento se inició la transformación de estas tribus semiorganizadas en un pueblo.

En una de mis clases de historia antigua en la universidad, una alumna me preguntó ¿es verdad histórica que los judíos vivían en Egipto? Aunque respondí con un sí categórico, después empecé a titubear y tal vez a dudar, pues la respuesta no es tan sencilla.

Tras haber descifrado Jean François Champollion los jeroglíficos en 1822, los investigadores, historiadores y teólogos esperaban datos que pudieran confirmar la estada de los judíos en Egipto. Pero no encontraron datos egipcios ni en aquellos años y tampoco hasta hoy. Según algunos investigadores, esta falta se debe al hecho de que los egipcios, durante su larga historia, mantenían abiertas sus fronteras y estaban acostumbrados a que grupos pequeños o más grandes llegasen con sus familias y sus enseres a Egipto, a veces como compradores de alimentos, en otros casos para quedarse durante un tiempo y, a veces, para siempre. Así, para los egipcios, la llegada de algunas familias judías no era un episodio tan importante como para mencionarlo en una ins­cripción. Según otros investigadores, la salida de los judíos de Egipto era una vergüenza para los egipcios y por eso no la men­cionaban. El primer historiador egipcio Manetón (siglo III. a.C.) escribe sobre el éxodo, pero para darle un mejor aspecto desde el punto de vista de los egipcios, dice que los judíos fueron expulsados por ser portadores de una enfermedad.

Sin embargo, hay materiales que pueden tener relación con la llegada, estada y salida de los judíos. La primera alusión es un fresco en Beni-Hasan del siglo XIX a.C. Beni-Hasan es un cementerio en las montañas, en que los gobernadores regionales mandaban a excavar sus tumbas. En una de éstas en Hnumhotep encontraron una pintura mural que presenta la llegada de una familia o un clan semita. Según la inscripción adjunta traían regalos para el gober­nador: pintura para las cejas.

Al comparar la vestimenta de ambos grupos, se advierte allí que los semitas tenían vestidos coloridos mientras que los egipcios los tenían blancos. Su fisonomía y su peinado también eran diferentes. Los semitas tenían el pelo crespo y la nariz recalcada. Aparente­mente, el pintor egipcio quizo acentuar las diferencias. Uno de los 55 semitas tocaba el arpa. Su asno iba adelante y llevaba su lanza. Están presentes mujeres y niños en la pintura, lo que demuestra que habían llegado para vivir allí.

Hay una alusión más importante que es la Estela Israel o Estela de Merneptah. Mientras la pintura mural mencionada, crono­lógicamente poco tiene que ver con la llegada o la estada de los judíos en Egipto, la Estela data de una época muy cercana a la fecha de la salida. Merneptah era hijo de Ramses II y el texto cuenta sobre la guerra de Merneptah con los libios en forma muy jactanciosa. En las últimas líneas se mencionan diferentes ciudades y pequeños Estados, entre ellos Israel, que han sido vencidos y destruidos. Eso significaría que en la época de Merneptah ya no vivían judíos en Egipto. Según la Biblia (Éxodo 1.11), los judíos fueron obligados a trabajar en la construcción de Per-Ramses, la nueva capital del Faraón, el padre de Merneptah. Ramses II reinó durante 70 años, los judíos probablemente salieron en los últimos decenios de su reinado. Así, según la Estela, que se erigió en el quinto año del reinado de Merneptah, ya no había judíos en Egipto.

Considerando que en la memoria y conciencia históricas del pueblo judío, la estada y especialmente la salida de Egipto siempre han tenido una enorme importancia y que, a base de las inves­tigaciones y descubrimientos arqueológicos, no hay razón alguna para negarlas, por lo tanto se aceptan en general como hecho histórico, aunque hay algunos historiadores escépticos sobre el particular.

Según la Biblia, el patriarca Abraham junto a su esposa Sara vivieron antes en Egipto. A consecuencia de una hambruna (Gen. 12. 9-20), llegaron allí; Abraham temía por su vida al creer que lo matarían por la belleza de su esposa y por eso le pidió a Sara que dijera que era su hermana. La mujer fue llevada al palacio del faraón, pero más tarde, por las grandes plagas que el faraón y su familia tuvieron que sufrir, los expulsaron y dejaron llevar consigo toda su riqueza.

Como alusión indirecta, cabe mencionar el papiro sexto de Anastasi (fines del siglo XIII a.C.) en que un funcionario se queja por la invasión de una gran cantidad de nómades en las fronteras en busca de alimento para ellos y sus animales. Tal vez la entrada de Jacob y sus familiares haya sido un hecho similar.

Desde el punto de vista histórico podría ser interesante también la persona de Moisés; sobre él tampoco hay datos exactos. Según la Biblia, había sido ocultado a orillas del Nilo y la hija del faraón lo encontró, lo mandó educar como su propio hijo y le puso el nombré de Moisés diciendo: "porque de las aguas lo saqué" (Ex. 2.10).

La palabra "Moshe" tiene dos etimologías egipcias. Una es simple. En Egipto es frecuente el nombre "Mesu", cuyo significado es "nacido". El otro significado ha sido indicado por el historiador Flavio Josefo. Según su interpretación, el nombre era "Mo-uses": Mu significa agua, mientras la segunda palabra tiene en sus raíces el verbo "hesi" que significa alabar o glorificar; de eso viene la palabra "hesies" (en transcripción griega) con el significado "glori­ficado". Esta palabra corresponde a las personas que se ahogan en el Nilo, el río sagrado. Esta forma de muerte era muy respetada en Egipto. La traducción de la palabra "Moshe", según esta inter­pretación, podría ser: glorificado por el agua.

Muchos siglos más tarde, el Rey Salomón tuvo una esposa egipcia, probablemente hija del faraón Siamon, y recibió la ciudad Guezer como dote.

La relación entre Egipto y los estados judíos fue siempre ines­table. El rey Sesonk entre 930-920 a. C. libraba una guerra de pillaje contra Judea y saqueó Jerusalén. Cuando el faraón Neco II gue­rreaba contra Babilonia, para salvar Asiría y atravesó Palestina, el rey Josías entró en guerra con él, pero perdió y murió en la batalla (año 609 a.C.). Antes del asedio de Jerusalén por el rey de Babilonia, Nabucodonosor (586 a.C.), los judíos esperaban en vano ayuda de Egipto. El profeta Jeremías les advertía que no confiasen en Egipto: "cuan frívola eres para cambiar tus caminos". "También serás avergonzada por Egipto como fuiste avergonzada por Asiría" (Cáp. 2.36).

El nombre de José no se encuentra en los textos egipcios. Su historia es interesante también desde el punto de vista de la arqueo­logía egipcia y es característica para la realidad egipcia. Podemos comenzar con los nombres. Potifar es Petepre en Egipto y se traduce: el que había sido dado por Re. Se conocía sólo desde la dinastía XXI. La esposa de José, Asenat, es Nesneit en los textos egipcios. Hay casos de quienes reciben un nuevo nombre, al ser designados para algún cargo importante (Véase el caso de José, Gen. 41.45).

 

José fue vendido por sus hermanos celosos. Se sabe que comerciantes llevaron esclavos de Siria-Palestina a Egipto. Potifar le dio plena autoridad a José sobre su casa. Inscripciones egipcias mencionan la función "mer per" o "imira per" — "amo de casa" o. "administrador general". José estuvo en la cárcel, no como reo, sino como detenido. Según nuestros conocimientos, en Egipto no había reclusión.

Un caso semejante como el deseo de seducción de José por la mujer de Potifar (Gen. 39. 6-19) es conocido en el papiro D'Orbi-ney como la historia de "dos hermanos". Estas historias se repetirán más tarde en la literatura griega (Bellerofón e Hipólitos).

 

José se salvó de la prisión por haber sabido interpretar los sueños del faraón (Gen. 41). Interpretar sueños tiene una larga tradición en Egipto. El texto más antiguo es el papiro de Chester Beatty, probablemente de la época de Ramses II, que es la copia de un texto anterior. Hay textos también de los siglos posteriores. Hay un famoso libro griego de los sueños, el Oneirokritikon de Artemidoros, que ha absorbido elementos egipcios. Los egipcios prestaron mucha atención a los sueños y creían en su realización. Después de haber soñado, suplicaban a los dioses para que los sueños se cumplieran o no se cumplieran.

El motivo de las siete vacas (Gen. 41) es interesante para los egiptólogos, porque en la escritura jeroglífica había un signo de vaca que significaba "año", y el nuevo año se simbolizaba con esta señal.

La Biblia menciona que José tenía una copa de plata para adivinar (Gen. 44.5). Este método era conocido en Egipto y mencio­nado en algunos papiros. El adivinador o un médium escogido para este fin tenía que mirar en un vaso lleno de agua. El brillo de la superficie provocaba un estado hipnótico durante el cual se le presentaban los dioses y le contestaban sus preguntas. En Mesopotamia, se ponía una gota de aceite en el agua y de ésta adivinaban los "videntes".

Se menciona también en la Biblia el proceso de embalsamado con referencia a Jacob y a José; éste murió de 115 años, que era para los egipcios el más anhelado límite de la vida humana.

Hay una inscripción mural en una tumba que menciona los siete años de hambre acaecidos probablemente en el siglo XXVII a.C., a consecuencia de una sequía, pero según los egiptólogos el texto fue escrito sólo en el siglo II a.C. y la fecha del acontecimiento, tampoco es anterior. En este caso, es probable que los sacerdotes egipcios de Elefantina hayan elaborado un motivo bíblico. En Elefantina había una colonia judía durante el reinado persa, su sinagoga fue destruida en el siglo V a.C. y más tarde reconstruida. Además, los sacerdotes egipcios, en el segundo siglo a.C., ya podían conocer la versión de los Setenta y tenerla como fuente para su narración.

Algunos investigadores encuentran similitud entre el Himno de Eknaton para el Sol y el Salmo 104 (según la versión de los Setenta es el Salmo 103), así como también entre los Proverbios y los versos didácticos de Amenemope. No se puede saber quién aprendió de quién. Es muy probable que ambos hayan tomado el tema de la misma fuente, más antigua, aparentemente hebrea. Basándose en las investigaciones paleontológicas, se supone que el Rey Salomón (autor tradicional de los Proverbios) y Amenemope eran contem­poráneos. Otros dicen que la obra egipcia es la más antigua.

La influencia de Amenemope se ve también en el Nuevo Tes­tamento. Los versículos 4 y 5 del Cáp. 3 de la Epístola de Santiago (Jacobo) presenta el mismo pensamiento que el de Amenemope cuando dice: La lengua del hombre es la barra del timón, pero el Señor del Universo es el timonel (20.5).

Hay otros elementos egipcios en el Nuevo Testamento, como el nacimiento de un dios. En el templo funerario de la reina Hatchepsut (siglo XVa.C.) y en el templo de Amenhotep III en Luxor (siglo XIV a.C.), encontramos una narración ilustrada por pinturas de cómo quedaron encintas las madres de estas dos personas por la intervención del mismo Amón. Algo semejante se presentó en el tiempo de Cleopatra Vil, con respecto al nacimiento de Ptolomeo Kaisarion, de la relación de César y Cleopatra.

La historia del rico y del pobre Lázaro (Lucas 16. 19-31) se parece mucho a la de Setmay Siusire, por su contenido ético y social. El sacerdote Setna y su hijo Siusire ven dos funerales. En el primero una gran multitud acompaña el funeral del hijo de un rico y luego llevan al cementerio a un pobre y nadie lo acompaña. Ante lo visto, Setna expresa el anhelo de tener la misma suerte que el rico. Su hijo lo previene de suerte semejante y lo lleva consigo al infierno, donde el padre verá que los ricos sufren y los pobres están glorificados. Setna ve un hombre vestido con una túnica adornada, cerca del trono de Osiris en un lugar predilecto y cree que éste es el rico, pero su hijo le demuestra que es el pobre. Es muy probable que esta obra noble de la literatura moralista de Egipto llegaron por intermedio de la literatura rabínica al conocimiento del Apóstol Lucas.

También en el Apocalipsis hay influencia egipcia, como por ejemplo, cuando el Cordero abre el libro sellado (Cáp. 5 y 8). La religión egipcia atribuía capacidad adivinatoria al cordero. El histo­riador egipcio Manetón menciona un cordero que adivinaba el futuro del país en la época del rey Bochoris. Esta historia era conocida en la época romana y probablemente así llegó al Apóstol Juan.

En el Apocalipsis figura el concepto de la "muerte segunda" (2.11 y 20.14). A los ojos de los egipcios se consideraba como el mayor peligro la muerte segunda en el infierno, porque eso signifi­caba la aniquilación total y definitiva. En el Libro de los Muertos es un tema importante: el fallecido podía esperar la liberación de este castigo si conocía los capítulos 44, 175 y 176.

En cuanto al símbolo "corona de flores u hojas", en la Segunda Carta de Pablo a Timoteo figura la "corona de la justicia", mientras que en el Libro de los Muertos (Cáp. 19), figura la "corona de la justificación". Una costumbre muy divulgada en Egipto era colocar una corona a la momia.

Sin duda alguna, la religión egipcia influyó en el desarrollo del gnosticismo, especialmente en la creencia de "otro mundo" y tam­bién en la mitología, como se ve en los papiros de la Biblioteca Nag-Hammad, descubiertos en los años 1945-1946, escritos en el idioma copto.

Resumiendo este capítulo, podemos decir que el Antiguo Tes­tamento contiene muchos elementos egipcios. Pero tenemos que acentuar que la influencia egipcia sobre el Antiguo Testamento es mucho menor que la de Mesopotamia y para el Nuevo Testamento la influencia griega es mucho mayor. Sin embargo, para investigar con profundidad la influencia historico-cultural de la Biblia, es im­prescindible el conocimiento del fondo egipcio.

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