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S.E.T.I. Señales de Otras Civilizaciones

22 Diciembre 2010

Literatura vampirica

Aunque existen leyendas de vampiros desde las culturas asirias y babilónica, el vampiro orgánicamente establecido como criatura literaria, es un recién llegado a nuestra cultura. Sin embargo, con sus menos de 200 años de existencia ha alcanzado tal prestigio y tal grado de evolución, que ha obligado a escritores, artistas plásticos y cineastas a enriquecer y, paralelamente, justificar las modificaciones de la criatura.

El nacimiento del vampiro literario coincide con la liberación de las fuerzas interiores en Francia producto de la caída dela Bastilla, y el surgimiento de nuevos modos de decir y contar el tiempo. A Rosseau y Voltaire, los grandes faros de la Filosofía de las Luces, se deben textos donde el vampirismo aparece bajo un objetivo científico. Rosseau lanza un verdadero desafío al afirmar:

Si ha habido en el mundo una historia garantizada, es la de los vampiros. No falta nada: informes oficiales, testiminios de personas atendibles, cirujanos, sacerdotes, jueces: ahí están las pruebas.

Una sociedad que nacía al mismo tiempo a la sacralización de la Diosa Razón y al conocimiento objetivo de la realidad, necesitaba justificar científicamente sus intuciones. Seguramente Rosseau tenía en mente el Informe médico sobre los vampiros enviado en 1755 por el protomédico Gerard van Swieten a su majestad la emperatriz María Teresa. Con objetividad y lenguaje científico, van Swieten hace un frío análisis de la causa judicial emprendida contra unos cadáveres por la creencia que se trataba de vampiros culpables de varias muertes y epidemias en el pueblo. Por su parte, Voltaire dedica páginas de su Diccionario Filosófico al estudio de los vampiros, a partir del trabajo cimero sobre el tema, escrito a la mitad del siglo XVIII. Su composición se debe a la pluma del padre Dom Agustin Calmet, quien en 1751 da a la luz su libro conocido como Tratado sobre los vampiros. El trabajo de Dom Calmet, hecho para demostrar que todo lo que es contrario a la voluntad divina es una aberración, es uno de los más sistemáticos y objetivos que existen: en él se encuentran los testimonios y las pruebas que anunciaba Rosseau, presentadas por un hombre que verdaderamente creía en la existencia del monstruo.


En la literatura, el primer vampiro de cierta importancia surge con la novela de John Polidori El vampiro, un cuento (1819). Polidori, amante de Lord Byron, amigo de Percy Shelley y médico, tuvo una vida breve y desgraciada que terminó en suicidio a la edad de 26 años. Se dice que Polidori gestó la historia en la misma reunión de Villa Diodati, en 1816, donde Mary Shelley formulara su inmortal Frankenstein. El vampiro es un relato acartonado, de escasos méritos literarios. Sin embargo, establece la imagen prototípica del noble vampiro. Su Lord Ruthven era altivo, brillante, estremecedor, fascinante para las mujeres y fríamente malvado.

Varney el vampiro, o el festín de sangre (1847) es, por su parte, uno de los mejores libros peor escritos del mundo. La técnica literaria, el estilo en la prosa, la caracterización de los personajes son sustituídos por acción burda y violenta que casi roza la pornografía. Su creador, James Malcolm Rymer (muchos estudiosos atribuyen la autoría a Thomas Preskett Prest), elige como víctimas de Varney a voluptuosas mujeres jóvenes, descritas en la plena incandescencia de una lúbrica semidesnudez. Publicada originalmente en entregas, Varney alcanzó a llegar en su edición final a los 220 capítulos

Carmilla (1872), la interesante novela (o cuento largo) de vampiros escrita por Joseph Sheridan Le Fanu, constituye un valioso precedente para el género. Le Fanu, uno de los más sutiles escritores de terror de su ápoca, nos brinda una narración muy trabajada, casi un trabajo de orfebrería, en el que la amistad femenina, la soledad, el deseo sexual y la avidez de sangre del vampiro se entrelazan estrechamente en un convincente retrato de mujer vampiro que sacia sus instintos en la joven hermosa e inocente Laura.

Cada uno de estos escritores añadió sus propios elementos al mito, pero es a finales del siglo XIX cuando los elementos adquieren estructura en una de las mejores obras de la literatura de horror. En 1897, tres años antes de terminar el siglo XIX, el irlandés Bram Stoker, secretario particular de sir Henry Irving, uno de los grandes actores finiseculares, publica la novela Dracula, que inmediatamente se convierte en un éxito de librerías y desde entonces nunca ha estado fuera de circulación.

Tres son los elementos que vuelven aterradora, inolvidable y emblemática la novela de Stoker: estar inspirada en un personaje histórico, que sus hechos se desarrollen en fechas precisas y contemporáneas a los años de aparición de la novela y la presencia de argumentaciones científicas a todo lo largo de su obra. Ubicar su acción en Transilvania, centro geográfico donde confluyen los mitos en torno a los vampiros y el retorno de los muertos, es un triunfo de verosimilitud narrativa. Y es precisamente de estra región de donde proviene el personaje histórico que inspiró la novela: Vlad Dracula, conocido con el sobrenombre de Tepes, o el Empalador.

Si deseas leer un estupendo ensayo sobre Stoker y Drácula, escrito por Vicente Quirarte, sólo dá click aquí.

Vlad era un principe valaco que gobernó su principado de Valaquia (hoy Transilvania) a intervalos, entre los años 1448 y 1476. Lo primero que hay que decir sobre él es que no se trataba de un vampiro. Era un mortal común, sin ningún rasgo sobrenatural. Por otra parte, como muchos príncipes de la época, fue extraordinariamente cruel. Y precisamente sus actos de crueldad los que lo elevaron a la mitología. Además, Vlad era un hombre maligno. Su actitud, tanto en defensa de su patria contra los turcos como en la represión de su propio pueblo, merece el calificativo de patológica. Se le llamó el Empalador, por ejemplo, debido a su costumbre de empalar vivas a sus víctimas en largas estacas, para dejarlas después morir allí lentamente. Un bien conocido grabado muestra a Vlad dedicado a su pasatiempo favorito, consistente en cenar al aire libre, en medio de un bosque de estacas provistas de la mencionada carga. Tenía otros caprichos sádicos. Se dice que hizo ejecutar a 600 mercaderes por el delito de ser demasiado ricos. Su manera de acabar con el problema de los mendigos en sus dominios consistió en invitarlos a un banquete y luego, en el momento culminante de la fiesta, prender fuego al salón. En otra ocasión, cuando dos embajadores turcos se rehusaron a quitarse los turbantes en su presencia, se los mandó fijar con clavos en la frente. Resulta irónico que Vlad sea aún honrado, en la Rumania actual, como una figura patriótica, símbolo del nacionalismo rumano, que luchó valerosamente contra los invasores turcos. 

El caso de Vlad no es el único que se ha asociado al mito del vampirismo en la historia de la humanidad. Tenemos otros vampiros célebres, como la condesa húngara Erzebet Bathory, quien en 1610 es condenada por el asesinato de más de 600 jovencitas a quienes ordenó degollar para beber su sangre y tomar baños del mismo fluído, pues ella consideraba que esto la mantendría eternamente bella y joven. Otros casos relevantes son los de Peter Kurten, el vampiro de Duseeldorf (1931) y el de George John Haig el vampiro de Londres (1949), ambos asesinos seriales que se consideraban criaturas de la noche.

 

Si deseas conocer más sobre los crímenes de John Haig, dá click aquí.

Aunque en Dracula no tiene lugar la primera aparición literaria del vampiro, a partir de la obra cumbre de Stoker surge una escuela interdisciplinaria que prolonga, parafrasea o modifica los principales elementos de la novela original. El libro fundador crea discípulos en ambas direcciones: los antecesores adquieren nueva vida y los sucesores enfrentan el desafío textual. Entre descendientes más renombrados de Stoker se encuentran Dion Fortune con El amante del demonio (1927); Richard Matheson con Soy Leyenda (1954); Theodore Sturgeon con Algo de tu sangre (1961); Raymond Rudorff con Los archivos de Dracula (1972); Fred Saberhagen con La cinta de Dracula (1975); y Whitley Strieber con El Ansia (1975).

Algunos de los autores contemporáneos más destacados, y cuyos nombres suelen asociarse con la figura del vampiro, son Stephen King, Chelsea Quinn Yarbro, Anne Rice y Kim Newman.

Stephen King publica en 1975 La Hora del Vampiro, una historia al más puro estilo stokeriano situada en nuestra época en un pequeño pueblo de América llamado Salem´s Lot. Este adorable pueblo es invadido por un vampiro llamado Barlow que tiene el propósito de apoderarse de él y sus habitantes. Un escritor, un niño, un maestro de escuela, un sacerdote y un médico serán los encargados de detenerlo.

Chelsea Quinn Yarbro introduce a su conde Saint-Germain en la novela Hotel Transilvania (1977). Este vampiro es un aristócrata que de hecho es un hombre noble. Los adjetivos más comunes que Yarbro utiliza para describirlo son distinguido, gentil, galante, amable y delicado. Es extremadamente bondadoso y ayuda al pobre y al oprimido siempre que le es posible. Es inmune a los símbolos cristianos -como el crucifijo- y solo se alimenta de los criminales y malvivientes.

Las Crónicas vampíricas de Anne Rice alteran considerablemente la concepción clásica del vampiro y la enriquecen. El primer libro de esta serie, Entrevista con el vampiro (1976) , comienza cuando el vampiro Louis de Pointe DuLac relata su historia a un joven periodista en San Francisco. Rice tiene un estilo narrativo complejo y denso, y tiene el acierto de introducir a algunos de los más interesantes vampiros contemporáneos: Lestat, Claudia, Armand, Nicolas, Gabrielle, Marius, Pandora, Khayman, Maharet y Mekare. A través de esta serie pretende narrarnos la historia de los vampiros, la cual remonta al antiguo Egipto con los reyes Akasha y Enkil , los padres de esta raza, en el año 3000 A.C. El vampiro Lestat (1985), La Reina de los condenados (1988), El relato del ladrón de cuerpos (1992) y Memnoch el demonio (1995) completan esta saga. Recientemente la Sra. Rice incorpora titulos nuevos como La vampiro Pandora y El vampiro Armand (1998) y Vittorio el vampiro (1999)

Kim Newman brinda con su Año de Dracula (1992) un giro refrescante al mito del vampiro. Su obra nos presenta un mundo alternativo en el que Dracula ha triunfado conquistando Inglaterra, se ha casado con la Reina Victoria, ha vampirizado a la mitad de la población y empala a sus enemigos frente al palacio de Buckingham. El equilibrio del nuevo regimen se rompe con la aparición de un asesino que se dedica a degollar vampiras en Whitechapel. El Año de Dracula es un verdadero compendio de personajes de la Inglaterra victoriana (reales y ficticios) y de la literatura de vampiros. En El sanguinario Barón Rojo (1996) Newman repite este esquema, desarrollando la trama durante la Primera Guerra Mundial. En la tercera entrega El Juicio de lágrimas, traslada la historia a la Italia de la posguerra. Newman se encuentra ya trabajando en Johny Alucard: Año de Dracula 1977-1979, el cual promete ser igual de interesante que sus predecesores

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