En el calor del debate sobre multiculturalismo y diversidad en la compleja sociedad norteamericana puede pasarse fácilmente por alto una cosa: la creciente diversidad de la propia comunidad negra. La población negra de los Estados Unidos jamás ha sido tan diversa como hoy en día. Su riqueza reside en un amplio rango de subetnicidades, de afiliaciones religiosas, de espectro ideológico y una muy compleja estructura de clases.
Si la expresión "África global" hace referencia a los pueblos de ascendencia africana de todo el mundo, la población negra de los Estados Unidos es un microcosmos del África global. Hoy en día, esta población comprende gentes de la práctica totalidad de los países negros del mundo, de todos los miembros de la OUA (Organización para la Unidad Africana), de la OEA (Organización de Estados Americanos), y también de otras partes del mundo negro. Si hay en algún lugar un microcosmos del África global, ese lugar está dentro de las fronteras de los Estados Unidos de América. Desde hutus a haitianos, desde bagandas a barbadeños, desde nativos de Mascate a habitantes negros del Mississippi.
Los orígenes geográficos de la población negra de los Estados Unidos son muy diversos como resultado de varios factores. Primero, la política de inmigración de los Estados Unidos fue más flexible en la segunda mitad del siglo XX, en comparación con la de la primera mitad, admitiendo de esta manera más inmigrantes negros.
En segundo lugar, la situación racial en Norteamérica ha sido lo suficientemente integradora como para hacer que el país sea más atractivo para los negros de clase media de otras tierras.
En tercer lugar, los problemas postcoloniales de África y del Caribe han provocado una fuga de cerebros hacia el hemisferio norte, incluidos los Estados Unidos. Haití ha experimentado no sólo el éxodo de la inteligencia, sino también de miembros de los sectores sociales más pobres, los llamados boat people. Durante un tiempo, el problema del apartheid en Sudáfrica [3] creó asimismo un éxodo de refugiados hacia Europa y Norteamérica. Algunos de estos refugiados vuelven ahora a su hogar, o planean hacerlo, pero un gran número se ha nacionalizado estadounidense y se quedará en América.
En parte por el estímulo de los nuevos inmigrantes y en parte a causa de otras razones, el panorama religioso de la América negra se ha hecho también más diverso. Los haitianos no sólo han fortalecido el Catolicismo, sino que algunos de ellos trajeron consigo vestigios de una cierta cultura vudú. En algunos círculos afroamericanos, las tradiciones religiosas más ancestrales, venidas directamente de África, han sido más ampliamente aceptadas, con una particular influencia de la cultura religiosa yoruba . [4]
Dentro de la tradición evangélica, actualmente existe también una mayor diversidad de la que había en la primera mitad del siglo XX. Los inmigrantes de África y del Caribe han ampliado la variedad dentro de la comunidad evangélica de la nación, desde los anglicanos de Nigeria hasta los seguidores de Simon Kimbangu [5] en el Zaire. Además, las versiones africanas de la tradición cristiano-ortodoxa oriental tienen en la actualidad una mayor representación en Estados Unidos. La Iglesia Ortodoxa Etíope y la Iglesia Copta tienen en Norteamérica un buen número de seguidores.
El movimiento rastafari, procedente del Caribe, ha formado parte del panorama religioso y cultural americano desde la segunda mitad del siglo XX.
Los judíos negros son un viejo fenómeno norteamericano. En ocasiones, se trata únicamente de cristianos seguidores del Antiguo Testamento que han puesto cada vez más acento en las enseñanzas de los antiguos profetas bíblicos. Los judíos afroamericanos han tenido a veces dificultades para que Israel los reconozca como tales bajo la Ley del Retorno [6] . Los judíos negros de Etiopía, los llamados falashas, tampoco tuvieron un reconocimiento rápido y completo por parte de Israel, pero la mayoría de los judíos etíopes fueron finalmente trasladados a Israel en los años ochenta, a raíz de la Operación Moses y posteriores traslados. Unos pocos judíos etíopes emigraron a los Estados Unidos y se nacionalizaron estadounidenses.
El Islam tiene más amplias implicaciones panafricanas. Existen en la actualidad casi tantos musulmanes como judíos en Norteamérica, aunque los musulmanes son, por supuesto, mucho menos influyentes que los judíos. El Islam proporciona lazos de unión directos desde África con los negros norteamericanos y los caribeños [7] .
Alternativas religiosas negras
Entre los negros de la diáspora en el hemisferio occidental, hay dos vías que conducen a la recuperación de sus raíces africanas. Una ruta es la del panislamismo, la opción elegida por Elijah Muhammad y al-hajj Malik al-Shabazz (Malcolm X) [8] . La otra es la ruta directa a través del panafricanismo, el camino elegido por Marcus Garvey [9] y el movimiento rastafari. Ras (príncipe) Tafari era el título y el nombre de Haile Selassie antes de su coronación como Emperador de Etiopía.
Una pregunta que surge es por qué el Islam ha progresado mucho más entre los negros norteamericanos que entre los caribeños. La segunda pregunta es por qué la religión tradicional africana, o las creencias enraizadas en la sacralidad africana, parecen en ocasiones ser más visibles en el Caribe que entre los negros de Norteamérica.
Un factor importante es la tendencia de los negros norteamericanos a considerar "moreno" como equivalente a "negro". En el caso estadounidense no se ha hecho una distinción clara entre los árabes "morenos" y los africanos negros. En realidad, hasta la segunda mitad del siglo XX, casi toda la "gente de color", tanto si procedían de África como de Asia o de cualquier otra parte, era tratada en Norteamérica con similar desprecio. Cuando alguien como W. E. B. DuBois [10] sostenía que los blancos, y no los negros, eran una "minoría", sumaba los muchos millones de asiáticos a los millones de africanos para dar a las "razas de color" una aplastante mayoría entre la población mundial.
Si la transición entre el "asiático moreno" y el "africano negro" fue tan fluida en el caso norteamericano, la transición de la africanidad al arabismo sigue siendo, si cabe, más fácil. La verdad es que, de todas las religiones que se asocian con Asia, la más afroasiática es, sin duda, el Islam. Las universidades islámicas más antiguas están en el continente africano, incluida la de al-Azhar [11] , en El Cairo; y la universidad islámica de Tombuctú [12] , en el actual Malí, es recordada con orgullo por los panafricanistas. En Nigeria hay más musulmanes que en ningún país árabe, incluido Egipto, el país árabe más poblado. Por otra parte, hay más árabes en África que en Asia: dos terceras partes de la población árabe vive en el continente africano.
Dada la tendencia del modelo norteamericano a no hacer distinción entre ser negro y ser "de color", la dimensión africana del Islam no se vio muy afectada por su origen árabe. Elijah Muhammad, Malcolm X y Louis Farrakhan valoraron a veces la islamización como equivalente a la africanización, y los musulmanes negros norteamericanos han considerado a La Meca como una estación en el camino de retorno hacia la herencia africana, además de una etapa en el sendero de regreso hacia Dios.
Por otra parte, el Islam en el Caribe se ha enfrentado a dos problemas principales. En primer lugar, la conciencia de raza en el Caribe no equipara tan fácilmente al "moreno" con el negro, como ha ocurrido históricamente en los Estados Unidos. La experiencia histórica caribeña se basaba en una jerarquía racial, es decir, en diferentes niveles de estratificación social basados en criterios raciales, y no en una dicotomía racial, una polarización entre blancos y "de color". En el modelo racial caribeño, los árabes pertenecían a una clase diferente a la de los africanos. Ciertamente, los sirios y los libaneses se contaban con más probabilidad entre los blancos que entre los negros. Por ello, los orígenes árabes del Islam entraban en conflicto con sus credenciales africanas.
Además, en el Caribe hay una considerable población india, dentro la cual los musulmanes alcanzan una gran proporción. Cuando en 1988 di una conferencia en Georgetown, Guyana, sobre el tema de "El Islam en África", la abrumadora mayoría de los asistentes no eran guyaneses negros ni deseaban aprender más sobre África, sino guyaneses de origen indio que deseaban saber más sobre el Islam. Entre la población negra de Guyana y Trinidad hay una tendencia a asociar el Islam con lo indio, y no con lo africano ni con lo árabe. La consecuencia es un ritmo mucho más lento de conversiones entre los negros caribeños que entre los norteamericanos.
En contraste, la religiosidad indígena africana ha prosperado con más frecuencia en el Caribe que en la Norteamérica negra. ¿Por qué? Una razón es que, frente al primitivismo romántico, el nacionalismo de los negros norteamericanos radica más en la exaltación romántica de la sofisticación cultural africana. Esta exaltación se enorgullece de las complejas civilizaciones de la antigua África, mientras que el primitivismo pone el acento en la simplicidad de la vida en el poblado rural africano. En palabras de Aime Cesaire, el romántico poeta caribeño que acuñó el concepto de "negritud":
Un hurra por aquellos que no inventaron
ni la pólvora ni la brújula,
aquellos que no dominaron
ni el gas ni la electricidad,
aquellos que no exploraron
ni los mares ni los cielos...
[...] mi negritud no es
ni una torre ni una catedral.
Se hunde en la carne roja del suelo [...]
Mientras que esta idealización de la simplicidad puede cautivar la mente del negro caribeño, difícilmente dará alas a la imaginación del norteamericano. La cultura norteamericana dominante se basa en el principio de "mayor, mejor y más fuerte". Por esta razón, la rebelión negra contra el racismo anglosajón intenta probar que África ha producido en el pasado civilizaciones tan "grandes y poderosas" como cualquier cosa creada por el hombre blanco.
Los negros norteamericanos consideran que la opción islámica es un digno rival frente a la cristiandad del hombre blanco. Hay partes del Corán que parecen superar la Biblia del hombre blanco, y la civilización islámica otrora dominó varios países europeos. La historia nos muestra que la cultura islámica desarrolló lo que hoy llamamos "números arábigos" [13] , inventó el álgebra y amplió las fronteras de la ciencia; además de edificar legendarias construcciones, desde la Alhambra en España hasta el Taj Mahal en la India. La exaltación romántica de la sofisticación cultural africana por parte de los negros norteamericanos está más en consonancia con los logros descritos que con la más sutil dignidad de la religión tradicional de los yorubas , los igbos o los kikuyus .
En este aspecto, hay que tener en cuenta otra diferencia. El nacionalismo cultural de la Norteamérica negra busca con frecuencia su inspiración en el antiguo Egipto [14] , percibiendo el Egipto de los faraones como una civilización negra; mientras que el nacionalismo negro caribeño muestra cierta tendencia a mirar hacia Etiopía. La vía egipcia de legitimación cultural enfatiza de nuevo la complejidad y la sofisticación. Por el contrario, la visión caribeña destaca la austeridad etíope [15] .
El panafricanismo y el panislamismo son aún dos rutas alternativas hacia la herencia africana. Después de todo, el Islam llegó encadenado a América, ya que fue llevado allí por primera vez a través de los esclavos procedentes de África occidental [16] . Si Alex Haley no se equivoca sobre su antepasado africano, Kunta Kinte era musulmán, tal y como lo asegura en su obra Raíces. Bajo el régimen esclavista, la familia Haley fue en verdad más capaz de preservar su orgullo africano que de proteger su identidad islámica. La esclavitud dañó tanto el legado de la cultura africana como el del Islam de los cautivos negros importados, pero durante un tiempo, el Islam en la diáspora fue destruido en mayor grado que la cultura africana [17] .
Hoy en día, sin embargo, tanto la islamización como la africanización se perciben en Norteamérica como rutas alternativas hacia la herencia cultural del continente negro. Queda por ver si el siglo XXI será testigo de un equilibrio similar en el Caribe, mientras continúa la búsqueda de modelos culturales más auténticos para sostener la diáspora africana del mañana.
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