LOS FARAONES NEGROS: la dinastía XXV.
Por Francisco Fernández Vivas.
Del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto.
Los recursos geológicos y naturales de la región que se extiende al sur del Bajo Egipto, a partir de Asuán, internándose en el actual país de Sudán, antiguamente conocido como Kush, han sido siempre un objetivo imperioso dentro de los planes de control de la política exterior egipcia desde los inicios de su historia dinástica.
En un momento determinado, algunos de sus gobernantes indígenas locales asumen el propio título de faraón (limitados a su pequeño ámbito geográfico de acción), adoptando con ello las características propias del arte, iconografía, nomenclatura, y demás elementos definitorios de los recientemente extinguidos faraones ramésidas. Debieron de prosperar en Kush aproximadamente durante las dinastías XXI y XXII de Egipto, y fueron germen de una estirpe de gobernantes de poco a poco va a ir expandiendo militarmente su campo de influencia hacia el norte, hasta obtener un control efectivo y relativamente unificado de todo Egipto.
No obstante, no abandonarán su raíz kushita, y regresarán al final de sus días a su necrópolis real construida en torno a la que fue capital de Kush desde el Imperio Nuevo: Napata (Gebel Barkal). Allí, encontramos una serie de túmulos y mastabas de alto rango en la zona de el Kurru que, como el resto de la ciudad, está consagrada a Amón y constituye un símbolo clave del reino kushita.
En esta región, tenemos un vacío en nuestra información arqueológica hasta la aparición de un gobernante llamado Alara, sobre el que apenas se sabe nada, pero cuyo sucesor, Jasta, asumió por primera vez todos los títulos faraónicos y expandió rápidamente su poder hasta la Baja Nubia.
Después, le sucede el faraón Piye o Pianjy, quien fue imponiendo la influencia kushita Nilo abajo, hasta la propia ciudad de Tebas, donde hizo que su hija fuese adoptada como heredera de la Esposa del Dios Amón, y puede que se convirtiese en gobernante formal de la ciudad a la muerte de Rudamón. Poco tiempo después, organizará una serie de campañas contra ciudades del norte, como medida reaccionaria frente a la creciente expansión hacia el sur de los príncipes de Sais. Estas oleadas terminarán con la sumisión de varios gobernantes egipcios y el reconocimiento generalizado de Pianjy como faraón formal de un nuevo Egipto débilmente reunificado.
Su sucesor, Shabaka, o conocido por su nombre helenizado, Sabacón, redujo sensiblemente el poder de estas estirpes regias que Pianjy había mantenido, y decidió asentar su capital (y así su influencia de poder) en Menfis, como monarca de pleno derecho del reino unificado de Egipto y Kush, una nueva situación que quedó simbolizada en la adopción por parte del nuevo faraón de un doble ureus para su corona.
El siguiente rey, que recibe el nombre de Shabataka, vio como el nuevo Egipto creado por Shabaka se veía nuevamente inmerso en la política extranjera, entrando en el ámbito de Siria y Palestina, cada vez más eclipsadas por el irrefrenable avance de la amenaza asiria procedente del este. Un gran ejército nubio marchó hacia esta zona, donde las tropas del faraón (acompañadas de sus aliados locales) fueron derrotadas por las tropas asirias.
Puede que este fuera el motivo por el que el nuevo faraón, Taharqa, prefirió concentrarse más en cuestiones internas, y emprender grandes empresas constructivas tanto en Nubia como en el norte y sur de Egipto. Sin embargo, el castigo de los faraones kushitas se encontraba ya muy cercano, y tenía su persona en el rey asirio Asarhaddón. Los egipcios consiguieron rechazar un primer ataque, pero un segundo alcanzó Menfis, y los representantes y herederos de las distintas dinastías que habían sido humillados por Pianjy y Shabaka fueron repuestos, nombrados vasallos de los asirios en el delta.
El último contraataque de Taharqa contó con la prematura desaparición del rey asirio, pero su sucesor no estaba dispuesto a olvidarse de Egipto, y emprendió una nueva campaña que empujó a Taharqa hasta su ciudad de Napata. Este rey era Asurbanipal.
Los reyes nubios, relegados nuevamente a su territorio en Sudán, no volvieron a tener la fuerza necesaria para reclamar su antigua influencia hasta que el sucesor de Taharqa, Tanutamón, reclamó el trono de Tebas. Sin embargo, su intento de reinstaurar el gobierno kushita sobre todo Egipto una vez más, tuvo un éxito bastante efímero. Asurbanipal envió un nuevo contingente que barrió rápidamente a los nubios, subyugando primero su territorio al norte de Tebas, y empujando finalmente de nuevo a los reyes negros hasta su ciudad de Napata, la ciudad de Amón, que esta vez fue arrasada y saqueada. El dominio kushita sobre Egipto había terminado definitivamente, aunque esta línea gobernante siguió dominando la Alta Nubia durante tres cuartos de milenio, haciendo florecer una cultura de clarísima influencia egipcia, actitud que tiene su reflejo más concreto en los enterramientos piramidales que surgieron en Nubia en un número muy superior al que existe en el propio Egipto.
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